
La Hechicera y el Escarabajo
Una vez una Hechicera diestra en las artes de las pociones y los conjuros, revisaba sus nidos para saber si tenían huevecillos de escarabajos, pues como era sabido, estos insectos eran capaces de extraer la esencia mística de las plantas y la guardan en sus vientres. Con agrado vio que yacían varios en los nidos y que muy pronto, si todo salía bien, se convertirían en larvas, se complació imaginando la enorme cantidad de escarabajos que tendría cuando terminaran su transformación.Llegó una noche de luna azul intenso y todos los huevos se hicieron larvas, le llamó la atención una que no se movía como las demás, ya que mientras el resto se revolcaba ansiosamente, ésta permanecía quieta y por su aspecto parecía estar moribunda. En otras ocasiones la hubiera desechado sin piedad, pero en este caso sintió una especial compasión por ella y decidió apartarla para darle un cuidado especial.Los años pasaron y la pequeña larva logró sobrevivir. Pero, a pesar de las atenciones de la hechicera, el insecto seguía mostrando algunas limitaciones evidentes en sus primeros rasgos de escarabajo. Sus alas eran muy pequeñas en comparación a las de los demás y sus mandíbulas eran muy débiles. Sin embargo, era sumamente inquieto y solía escapar de la planta en la que habitaba. Pero a pesar de ello hechicera, en vez de enfadarse con él, lo tomaba cuidadosamente con sus manos y lo colocaba en su lugar, hasta le acercaba la comida pues conocía de sobra sus dificultades para masticar. Cuidaba de todos con mucha dedicación, ansiaba verlos convertidos en adultos ya que le serían muy útiles para sus poderosos oficios. Sin embargo, sentía un aprecio especial hacia el pequeño de las alas cortas. Cuando los escarabajos alcanzaban su madurez los iniciaba en sus misterios con un hechizo que abría sus vientres y los preparaba para su trascendental misión: retener la esencia mística de las plantas que comieran. Después, solía ponerlos cerca de una gran variedad de pétalos de distintas flores, frutas de todas las temporadas y trozos de raíces, tallos y hojas de diversos árboles. De esa manera, elegían de entre estos alimentos aquel que sería su favorito. A partir de ahí, ellos comerían afanosamente y engordarían hasta quedar a punto de reventar. Nada le gustaba más a la Hechicera que desprender sus redondos y brillantes vientres para comerlos y conseguir con ello un profundo trance, o también usarlos en la creación de alguna pócima o ungüento curativo, todo con tal de aprovechar su poderoso contenido. Una vez iniciados, hacía que algunos de ellos acompañaran su alimento preferido con alguna otra hierba, así conseguía combinaciones increíbles de grandes efectos: curaba males de luna, producía encantamientos para el amor, creaba aceites y producía, entre muchas otras cosas, finas fragancias. Ellos siempre mantenían el gusto por la comida que habían elegido y volvían a hinchar un vientre nuevo después del corte. Por eso acostumbraba guardarlos dentro de un gran helecho de sombra después de utilizarlos pues la mayoría eran capaces de producir cinco vientres en su vida sin morir. Se dedicaba a cuidarlos y engordarlos de nuevo hasta que se volvían viejos o agotaba su capacidad de hinchar su vientre. Llegada la luna nueva, aquel débil insecto que ella apreciaba tanto, maduró junto a los nacidos con él. Esa noche la Hechicera dispuso de una rica variedad de comestibles frescos como de costumbre; era el momento de iniciarlo. Los insectos rápidamente agotaron el banquete sin demora, presas de un hambre voraz.Todos se dieron gusto con alguna hierba o con alguna raíz, menos su protegido: el escarabajo de las alas cortas. Al principio le pareció normal pues conocía sus limitaciones, y una vez más decidió ayudarlo: le acercó las hojas de un durazno joven y los pétalos del más colorido tulipán que poseía, sin embargo, el pequeño se negó a probar cosa alguna, al parecer no encontraba interés en ningún alimento. Así transcurrieron dos días en los que únicamente bebió agua. Cada vez lucía más débil. Ella, angustiada por la situación, salió a buscar nuevas plantas al bosque. Recolectó tantas como pudo, de todas las formas y colores, de tallos espinosos y hojas suaves, pero a pesar de sus esfuerzos el insecto se negaba a comer. La Hechicera padeció una terrible desesperación, el afecto que sentía por aquel diminuto ser la consumía por completo y la sola idea de su muerte la afligía sin consuelo. Por primera vez en su vida consideró la posibilidad de internarse en lo más profundo del bosque, allá donde ni siquiera las más osadas se atrevían a entrar. Seguramente ahí encontraría nuevas plantas y aquel pequeño ser por fin elegiría cuál comer. Se decían muchas cosas de aquel lugar, por ejemplo, contaban que habitaba un extraño ser cuyos horribles gritos enloquecían a quienes los escuchaban. Afirmaban que no había rezo ni conjuro alguno para frenar el mal que salía de su garganta. La Hechicera no tenía más remedio, tenía que ir a donde nadie había ido. Su extraño amor por el débil escarabajo era mayor a su miedo, el diminuto insecto ya estaba muy reseco y casi no se movía. No quedaba otra solución, había que internarse en el centro del bosque.Sus primeros pasos fueron muy tímidos, la luz era escasa y había sombras por todas partes, los árboles eran muy altos y la maleza llenaba cada rincón con ramas secas y espinosas que se entretejían en enredadas figuras por todas partes. Los ruidos de las aves y el crujir de la hojarasca salían a su encuentro a medida que avanzaba, aunque lo que de verdad le preocupaba era toparse con aquel horrendo chillido pues no quería perder su lastimado juicio. Caminaba lentamente y miraba hacia todas las direcciones, murmurando conjuros para ahuyentar a ese temido mal. De repente, un sonido agudo salió a su encuentro y ella tropezó del susto. Para su fortuna, tan sólo se trataba de un ave nocturna. Respiró hondo y reanudó sus pasos en dirección a lo más oscuro y profundo del bosque. La oscuridad la iba envolviendo a medida que se internaba. Tras los matorrales detectó un movimiento, y la incertidumbre la mantuvo como estatua un rato, ¿Quién estaba detrás? ¿Sería el horrendo ser del chillido? Siguió esperando hasta que con mucho cuidado sacó de su bolsa uno de los vientres de escarabajo más poderosos; era de un color rojo oscuro, casi púrpura, y albergaba un conjuro contra males desconocidos. En el momento que consideró pertinente lo arrojó hacia la fuente de su miedo. Un polvo luminoso se desprendió al contactar con el suelo. Sólo alcanzó a ver cuatro patas alejarse torpemente de aquellos matorrales. La Sabia no soportó y transformó toda su tensión en una carcajada, cayó en la cuenta de que quizás lo que se decía de ese lugar podría deberse a un simple habitante del bosque muy mal comprendido. A pesar de eso, no se confió y continuó avanzando con cautela. En poco tiempo llegó a un lugar que poseía una escena inusual: en medio de una penumbra creada por las gruesas ramas de un trío de robles, se filtraban unos cuantos rayos de luz que sólo alcanzaban a iluminar a una rara planta. La Hechicera la observó con detenimiento, pero aun con todo su conocimiento no logró identificarla. Sin embargo, tuvo el presentimiento de que se trataba de la única planta que comería su escarabajo predilecto. Sin perder más tiempo, puso sus manos en el tallo y lo jaló con firmeza. En el acto escuchó un aullido vago proveniente de algún lugar difícil de precisar en lo profundo del bosque. No le dio gran importancia pues pensó que con toda seguridad se trataba de aquel animal que había expulsado del oscuro matorral con su vientre de escarabajo. Enseguida miró detenidamente la planta que ahora tenía en sus manos y le sorprendió la forma de sus raíces pues parecían las manos y los pies de un niño recién nacido. Jamás había visto cosa semejante. Procedió a guardarla y se alejó de ahí. Una vez en su choza sacó la planta y la puso frente al débil escarabajo, quien al verla dio un salto y comenzó a comerla desesperado. La hechicera se sintió satisfecha por haber encontrado el alimento de su más preciado insecto. Finalmente, el pequeño se recuperó y luna con luna comenzó a hinchar su vientre como todos los demás, sin embargo, aquella esfera era distinta, se estaba haciendo más redonda de lo común y adquiría un color verde de una pureza y un brillo increíbles. A la Hechicera la embriagaba la curiosidad por conocer los secretos de esa hierba cuya esencia albergaba aquella extraordinaria burbuja. La ansiosa espera llegó a su fin y ese bello vientre al fin obtuvo el tamaño preciso para ser desprendido del insecto, ella no aguardó un instante y lo quitó de su cuerpecito, no sin tener un especial cuidado. ¡Qué textura tan tersa y uniforme! Era como tener en la mano la más apetecible de las uvas. Lo examinó hasta el cansancio y al no encontrar en él ningún tipo de impureza, lo llevó a su boca y permitió que se deshiciera lentamente en su paladar. Una deliciosa y fresca sustancia se repartió en cada recoveco de su boca y ella entró en un profundo trance.Sintió su cuerpo vibrar a gran velocidad y, de pronto, se vio en el centro del bosque donde había estado. Debajo de los tres se encontraba un joven alto y delgado, de facciones finas y ojos tan verdes como la esfera que acababa de ingerir. Sus muñecas estaban rodeadas por delgadas raíces y de su cabeza brotaban pequeños pétalos azules semejantes a los de la de la misteriosa planta que había desenterrado. Un traje de otoñales hojas tostadas lo arropaba desde el cuello hasta un suelo repleto de hierba seca en el que se perdía.
–Gracias por haber cuidado de mí, sin tu compasión hubiera muerto desde esa luna azul. Ahora he pagado mi deuda contigo –afirmó el muchacho.
La Hechicera lo comprendió todo: el espíritu de aquel pequeño y débil ser se había fundido con la de la planta al comer de ella.
–Desde la primera vez que recibí tu afecto me prometí pagarte con un regalo: la planta que extrajiste con tus manos se llama Mandrágora. Con ella abrirás aun más tu ojo interior y serás capaz de ver cualquier espíritu que quieras. Debo advertirte que por su naturaleza, ningún escarabajo podrá ser capaz de engordar un vientre más después de comer de ella.
–¿Por qué? –preguntó la hechicera.
–Porque el destino de los insectos que comen de la Mandrágora es morir si les arrancan su vientre.
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