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Tierras de Hérbatra: ZERTHA

16. January 2009 Categoría Sin Categoría | 9 Comentarios »

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Zertha 

Hoy te hablaré del guardián de la tierra de Zertha, hacia el Este del árbol del Gran Sabio, Viviremos en Él. En ese lugar, el Mar Dorado agita furioso sus olas para contener a los herbos dentro de lo confines de Hérbatra. La historia inicia en las áridas dunas de Tres Arenas, pueblo natal de Erith, de quien todavía no es pertinente hablar.

Zertha es una zona desértica de escasa fauna donde rara vez cae la lluvia; en su lugar, el inconmovible y quemante sol se impone en lo alto, fundiendo la arena de las interminables dunas. Aquí es donde hace mucho, mucho tiempo, antes del noveno destello, habitó un herbo de carácter huraño, rasgo muy común entre los habitantes de Zertha, que se distinguía por su gran valor y vida solitaria. Su nombre era Urloc, el espino.

Vagabundo nocturno, era el encargado de patrullar las dunas de Tres Arenas, un trabajo bastante sencillo. Su jornada comenzaba al ocultarse el sol y concluía al alba. Él pensaba que este trabajo tenía ciertas ventajas pues no le pagaban mal y, después de todo, era mejor dormir de día.

Urloc disfrutaba de la noche y sus placeres: no sufría del intenso calor del día y, sobre todo, gozaba de su aislamiento en relación con los demás habitantes de Tres Arenas. Cierta noche, cuando la luna gris surcaba los cielos, la misma luna que lo vio nacer, observó que ésta lanzaba un destello a un lugar muy cercano. La curiosidad lo dominó y decidió ir a investigar.

El viejo entorno, tan conocido por él, parecía emanar una esencia distinta. Respiró un aire gélido y misterioso mientras avanzaba con pasos cortos, los cuales demostraban el temor que sentía y que hacía mucho tiempo no experimentaba. Hacia lo lejos, divisó una pequeña luz de tonalidades azul grisáceas emerger de la arena. Después de aproximarse vio, dentro de un pequeño cráter humeante, una roca metálica hexagonal aún caliente por el trayecto recorrido. Cuando el calor por fin le permitió tomarla entre sus manos, tuvo una visión.

—¡Pero si eres mi Ahíla! No puede ser real- exclamó lleno de espanto e incredulidad.

—Urloc, estoy aquí de nuevo pero no por mucho tiempo- . Los hermosos ojos de Ahíla mostraban una paz infinita.

—Perdóname, no debí dejarte salir tan entrada la noche.

    No fue culpa tuya, era el designio del Gran Sabio.

    Viviremos en Él. No sabes lo mucho que me haces falta.

    Claro que lo sé, por eso estoy aquí. Siempre te he amado.  

 

 

Tras el extraño acontecimiento, los días transcurrieron sin que nadie supiera nada de Urloc; de hecho, la última vez que lo vieron se preparaba para hacer su rondín. Fue entonces cuando le preguntaron a su relevo: “¿Quién fue el último que lo vio?” En respuesta, éste dijo que nada extraño notó en él esa noche. El tiempo pasó y nunca hallaron su cuerpo.

Desde entonces, los herbos de la tierra de Zertha narran historias que intentan explicar su desaparición. Algunos sostienen que su muerte fue consecuencia natural del impacto de la roca metálica que consumió su cuerpo, mientras que otros creen firmemente en el mágico mito del guardián de Zertha. No obstante, es bien sabido que antes de su desaparición, Urloc había perdido a su esposa de una manera trágica, llevándolo a la desolación, al aislamiento y a obsesionarse con encontrar a los asesinos. Incluso cambió su turno de guardia por el nocturno, siendo ya muy raro verlo de día. Hasta que la roca hexagonal cayó se supo algo de él pues se encontró su vestimenta muy cerca. Por eso, cada vez que veo salir la Luna Gris, sé que el mito es cierto. Desde la primera vez que lo escuché, sentí como si un profundo misterio me fuese revelado. El relator  dijo en aquella ocasión: “Mirad la luna gris, observad bien cómo se posa su majestuosa fase sobre ella”. Atónita, la gente miraba aquello a lo que tampoco yo podía dar crédito: sobre la luna se podía distinguir la silueta de un espino abrazándose al corazón del astro. “Mirad, daros cuenta que os observa”, escuchamos que nos decía. En ese momento, el destello lunar se posó apaciblemente sobre mi pecho y finalmente comprendí lo que mi abuela solía decirme: “Cuando seas adulta conocerás tu verdadero nombre, el de la primera semilla de la cual tomaste tu naturaleza de zephyra, y nunca más tendrás que temerle a la noche”. Consternada, salí corriendo en dirección a casa.

    No temas, Ahíla,  zephyra mía.

    ¿Urloc?   

    Sí, soy yo, ahora comprendo el designio del Gran Sabio, Viviremos en Él.

Inexplicablemente, ella podía comprender todo lo que sucedía; existen memorias que guardamos y que, muchas veces, no podemos recordar.