Serie Cuentos de las Lunas
En algunas tierras de Hérbatra, especialmente en Necta y Forsta, existe la creencia de que los herbos que inician una relación de pareja deben comprar una oruga de una determinada especie sagrada y consagrarla en la noche principal de las fiestas de Proham.
Cada año las parejas jóvenes refuerzan su laso presentando su insecto en la misma fecha (El día doce del último periodo lunar.) En algunas ocasiones varias orugas se convierten en mariposas de alas de papiro al culminar la ceremonia, y si alguna pareja decide contraer matrimonio utiliza a su propios insecto como testigo, escribiendo en las alas sus nombres.
Algunos creen que mientras más pronto se consiga una oruga y más años pase al lado de la pareja mayor será la salud, la extensión de sus alas y el tiempo de vida de la mariposa, pues también existe la convicción de que las relaciones duran lo que vive el insecto.
Un rayo de Luna Azul
Faltaban muy pocos días para las fiestas de Proham. Eran tiempos difíciles y, a pesar de su esfuerzo, Moud e Ilah no habían logrado reunir el dinero suficiente para adquirir su oruga. Un año más llegaba a su fin, ahora deberían esperar hasta el siguiente para comprar una y consagrarla. Ilah pensaba con amargura que a ese paso nunca la tendrían.
La tradición sugería a las parejas jóvenes obtener una oruga desde el primer día de su relación, sin embargo ellos ya tenían cerca de dos años saliendo sin tener su oruga. Las orugas de la especie sagrada costaban mucho dinero porque cada vez había menos de ellas, una extraña plaga de langostas de hojas de cicuta las estaba exterminado sin que nadie pudiera poner remedio, pues desde hacía años las orugas eran su alimento.
Aquella era una noche de Luna Negra, su oscuro resplandor apenas resaltaba en medio de la penumbra. Ilah caminaba pensativa por las calles de la ciudad, sabía que una luna como esa había marcado su suerte al nacer. Tal vez en los atributos de ese astro radicaba el origen de la desdicha que la había acompañado desde pequeña, al menos eso era lo que interpretaba de las palabras de Tiyok, el viejo ermitaño, que le había enseñado todo lo que sabía sobre las artes y las virtudes lunares.
Recordó con afecto la ocasión en la que le mostró la forma de extraer la fuerza de un rayo de Luna Azul. Nunca comprendió el significado de sus palabras: “Cuando te cueste mucho trabajo renunciar a algo que no te corresponda vivir o poseer, invoca la fuerza de la Luna Azul y ella te mandará un rayo de voluntad”.
Ilah elevó su mirada hacia la Luna Negra de aquella noche y pensó con nostalgia: “¡Cómo extraño al viejo manzano, por enojón que fuera!”.
Dio vuelta en la esquina y vio a una pareja de herbos azucena caminar lentamente debajo del hongo que iluminaba la calle. La escena la hizo pensar en Moud y en ella, de verdad lo amaba y se sentía impotente de no tener la oruga que pudiera sellar su amor cuando se transformara en mariposa de alas de papiro.
Con la mirada en el suelo avanzó y llegó hasta donde estaba la pareja; los escuchó felices hablar de las fiestas de Proham y de la posibilidad de que su oruga abandonara su vieja piel luego de tres años seguidos de llevarla a la celebración. Ilah disimuló indiferencia pero en el fondo deseó tanto estar en su lugar, se sentía tan desdichada a su lado; ella y Moud ni siquiera tenían una, mucho menos aspiraban a escribir sus nombres en sus alas y sellar así su relación. La herba diente de león se alejó de ellos tratando de olvidarse del asunto.
Apenas había cruzado la calle cuando vio un diminuto objeto verde en el suelo, debajo del hongo de aquella acera.
—¡No puedo creerlo! —exclamó.
Era una oruga, pero no una cualquiera. Ilah se agachó y la revisó con cuidado. Por las manchas amarillas dedujo que era de la especie de que se consagraba en las fiestas. Un torrente de alegría llenó su corazón semilla: ¡Tenía una oruga para las fiestas de Proham!
Atravesó una calle tras otra a toda velocidad, debía llegar a casa de Moud cuanto antes y darle la noticia. ¡Su suerte por fin cambiaba! Por increíble que pareciera había encontrado frente a sus pies una oruga de la especie sagrada.
No daba crédito a lo sucedido, pero estando apenas a unas cuantas puertas de su destino una punzante duda se anidó en su mente: “¿Y si la pareja que vi tiró la oruga sin darse cuenta?”.
Ese pensamiento la hizo titubear, pero de inmediato trató de convencerse de lo contrario: “Eso no es posible. ¡Yo la encontré una calle después de donde estaban! De seguro cayó de algún árbol cercano”, disminuyó la velocidad de sus pasos pero no la de sus ideas: “No pudo ser, en un árbol no habita una oruga de este tipo. Está bien, está bien regresaré a buscar a la pareja. Puede ser que les pertenezca. No, mejor no, la oruga es mía, si la perdieron fue por descuidados! ¡No se la merecen! Si no la cuidaron ahora menos lo harán cuando se convierta en mariposa”.
Ilah llegó a casa de Moud y desesperada tocó a la puerta. Mientras esperaba, seguía pensando en qué hacer con la oruga.
—¿Qué sucede Ilah? —Moud interrumpió su diálogo interno al salir de su casa.
—¡Observa! —le mostró Ilah.
—¡Por las lunas! ¡Es una oruga de la especie sagrada!
Ilah sonrió de oreja a oreja.
—¿Con qué dinero la compraste?
Ilah palideció y le dijo:
—La encontré en el suelo mientras venía para acá.
—¿Estás segura? —la cuestionó el herbo de hojas tostadas de café.
—Mejor te explico todo —le respondió la herba diente de león desencajada.
Ilah llevó a Moud hasta el lugar donde había visto a la pareja.
—Ilah aquí no hay ninguna pareja —aseveró Moud.
—No deben estar muy lejos, quizá se fueron por esa calle —replicó Ia herba apuntando hacia una esquina vacía.
—Lo mejor será olvidarnos del asunto ¡Tenemos a la oruga! —le dijo Moud.
—¿Y si realmente les pertenecía? —cuestionó Ilah nerviosamente.
—Hay una forma de averiguarlo pero no va a ser fácil.
Ilah miró al herbo café a los ojos y le preguntó con cautela:
—¿Me ayudarías a buscarlos en las fiestas de Proham?
Moud sonrió y meneó la cabeza: —¿Acaso puedo decirte que no?
Las fiestas estaban en su apogeo, la muchedumbre abarrotaba la plaza principal. Por todos lados se presentaban espectáculos teatrales y cómicos. La música sonaba en las tabernas y el Dazh se bebía a raudales en todo tipo de mezclas herbales.
El gran sacerdote del Proham, conocido como el Amante de los Amantes, estaba por entonar su misterioso canto. Las parejas recién formadas aprovechaban el momento para consagrar su oruga, y las parejas que ya llevaban más de un año comprometidas, contemplaban ansiosas a sus insectos esperando que se transformaran por fin en mariposas de alas de papiro en esa noche tan especial.
Ilah y Moud buscaban entre la muchedumbre a la escurridiza pareja.
—Esto es inútil. No veo a nadie con las señas que me diste —afirmó el herbo café.
—Intentémoslo una vez más, la pareja de herbos azucenas no debe estar lejos.
—Ilah ya no hay tiempo, o damos con ellos o consagramos la oruga para nosotros.
—Está bien, acerquémonos al atrio del Amante del Proham —respondió la chica con voz seria mientras sostenía al insecto en sus manos. Moud colocó sus manos sobre las de Ilha como dictaba la costumbre: la oruga estaba cubierta.
El sacerdote por fin arribó a su sitió y la muchedumbre guardo silencio. Todos dejaron sus actividades y prestaron sus oídos al Amante. Aquel manzano reluciente de piel blanca y delgadas hojas agachó su cabeza y comenzó a entonar la antigua nota sagrada.
Ilah jamás había escuchado un sonido semejante al que surgía de su garganta, sonaba como si fuera el trinar de mil aves al amanecer. Su corazón se desbordó y un delicado éxtasis envolvió a todos los que le oían.
Cientos y cientos de mariposas surgían de sus capullos y volaban dejando su característico polvo amarillo por todas partes. Ilha sintió un movimiento lento sobre su mano y excalmó:
—¡Creo que se convertirá en mariposa!
Moud retiró sus manos pero ninguno de los dos logró ver la transformación; todo ocurrió a gran velocidad.
—¿A dónde se fue? —se preguntó Ilah admirada.
—Con las demás, supongo —respondió Moud y añadió: —La tradición dice que regresará a nuestras manos después su primer vuelo.
Luego de un rato, la masa flotante de mariposas comenzó a desvanecerse, cada una iba con sus dueños dejando una nube amarilla en el aire.
Los minutos transcurrían y ninguna regresaba a ellos. La plaza comenzó a vaciarse, el Amante había finalizado su canto. Los ojos de Ilah se humedecieron.
—No era para nosotros —murmuró.
Moud la abrazó tratando de consolarla. Ambos se dirigieron al atrio donde aún permanecía el Amante de los Amantes, callado y solitario. Al acercarse notaron que otra pareja también se lamentaba muy cerca de ellos; Ilah los reconoció de inmediato pero no supo qué hacer ni qué decir. Ninguna palabra fue necesaria.
El viejo manzano se alejó de su lugar lentamente dejando tras de sí una leve estela de polvo residual como el que soltaban los insectos, enseguida un par de mariposas azules de largas alas salieron de entre la nube de polvo amarillo jugando con la naturalidad de dos hermanas gemelas.





