Quidea

La Luz y La Sombra

3. February 2010 Categoría Sin Categoría | 1 Comentario »

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Uno de los escorpiones-estaca de los centinelas había picado a Erith,  dejándola inconsciente. Saha la hechicera había puesto en su boca un vientre de escarabajo muy poderoso para intentar curarla del veneno, pero aun así no estaba segura de que lograría sobrevivir. La herba de naturaleza sábila, al entrar en contacto con la sustancia que contenía el insecto, comenzó a vibrar y cobró conciencia de sí misma sin despertar de su trance, parecía estar en medio de un sueño. “¿Qué sucede?”, se preguntó desconcertada. De pronto sintió que abandonaba su cuerpo y se iba alejando de él como si no tuviera peso y fuera ligera como una hoja que se la lleva el viento. Se detuvo en una esquina superior del cuarto y desde ahí vio a la hechicera y al rebelde al lado de la cama donde yacía su cuerpo moribundo. Erith se llenó de temor y realizó un esfuerzo por regresar, pero una sombra sin forma definida se lo impidió. Aquella presencia no era grata, una y otra vez se interpuso entre ella y su cuerpo físico. La asustada sábila se llenó de rabia. “Por impronunciable nombre del Gran Sabio, Viviremos en él”, exclamó molesta. Sabía que no era correcto invocarlo con enojo pero se justificó a sí misma pensando que aquella vaga mancha tampoco tenía el derecho perturbarla de ese modo. Después de varios intentos fallidos por regresar a su cuerpo, voló furiosa en pos de la entidad para encararla, persiguiéndola por toda la habitación a gran velocidad. A la sábila le era familiar aquel estado etéreo pues ya antes había accedido a él gracias al vientre de escarabajo que le había obsequiado Zeo y con el cual había logrado escapar de las cuevas. Erith y la sombra iban y venían de una esquina a otra sin parar, desde luego los rebeldes no se percataron de la persecución pues solo veían el cuerpo de la herba convaleciente. La mancha voló hacia el suelo y cobró la forma de un ratón-tuna blanco. A la sábila le sorprendió la extraña transformación pero no desistió de su empeño. La sombra, ahora transformada en roedor, corrió a esconderse debajo de un viejo mueble al lado de la cama y Erith se fue tras ella, pero la criatura cambió su tamaño, se hizo diminuta como un grillo de hoja de limón. A medida que la persecución proseguía, se hacía más y más pequeña. De repente un ruido estremecedor irrumpió en el lugar y ambos, Erith y la sobra, fueron sacados de la habitación; ahora se encontraban en un lugar difícil de definir en el mundo tangible: volaban a través de una red de tejidos rojos y orgánicos entrelazados, en medio de una atmósfera asfixiante y fétida. Erith tuvo la sensación de que se quedaría atrapada ahí y un profundo temor la invadió. Aquel sonido apareció de nuevo y, al instante regresó a su cuerpo. Al parecer la sombra se había ido y sólo la hechicera y el líder rebeldes estaban cerca de ella. Un atisbo de alivio reconfortó su corazón y se relajó. Intentó despertar de su trance pero no lo logró: aun estaba bajo el mortífero efecto del veneno del escorpión-estaca. La entidad apareció de nuevo como una sombra del lado izquierdo de su cama. “Otra vez no”, pensó Erith molesta. Esta vez la difusa mancha tiraba de su parte intangible tratando de desprenderla de su cuerpo pero ella se resistía, deseaba permanecer en dentro de sí misma para descansar. Después de tanto jaloneo Erith decidió no poner más resistencia y salir de su cuerpo, aunque en esta ocasión no se fue a perseguir a la sombra sino que se alejó rápidamente hacia afuera de la habitación. Voló a tal velocidad que en un instante se encontró en medio de la calle principal de su pueblo natal, aquella entidad había quedado atrás. Tres Arenas lucía desierta, ni siquiera el viento soplaba, era medio día. Una voz sonó en su mente y le susurró: “Da el siguiente paso”. Erith no supo con exactitud a que se refería el mensaje, pero el timbre de quien lo había pronunciado le pareció conocido: hizo el intento de avanzar y, justo en ese momento, le sucedió algo aun más increíble.

Tenía la sensación de que sus pensamientos por si solos podían cambiar la forma de las cosas que la rodeaban. Con sólo desearlo el paisaje se alteraba, las casas y los montes se fundían con el cielo, podía elegir el color de las plantas y la textura del mismo viento: tamaños, volúmenes y sonidos cedían ante su voluntad. En su interior nacía una emoción de gran poder y realización.

Un visitante inesperado irrumpió en su ensoñación; lo vio venir entre las nubes como un haz de luz que se coló entre la sublime de danza de figuras a su alrededor. 

–¡No puedo creerlo! ¡¿Eres tú?! –le dio la bienvenida con un lenguaje sin palabras que emergía de su pensamiento.

–¡Dale forma a tus sueños! –le contestó su amigo en el mismo idioma mental mientras dejaba su forma luminosa y se convertía en un radiante herbo de hojas tostadas de olivo. Erith emocionada transformó las nubes en una hermosa melodía: había descubierto que también era capaz de intercambiar los sentidos con los que percibía las cosas. Aquello le parecía fascinante.

–Ven conmigo –dijo él.

Caminaron juntos, jugando con todo lo que les rodeaba: transformaron el cielo soleado en un magnifico firmamento repleto de enormes galaxias de un colorido fantástico. El desierto de Tres Arenas vibró con cada uno de sus pasos y se volvió una hermosa playa reluciente, un mar de aguas luminosas nació a sus pies y se alzó en diagonal hasta fundirse con las estrellas. Erith se inclinó y tomó un poco de arena en su mano, sopló con delicadeza y los granos volaron hacia el firmamento tomando la forma de peces mezclados con soles. Zeo los tiñó de violeta mientras la sábila le ponía música a sus destellos. La sensación de poder y fascinación se acrecentaba en el interior de la sábila. El herbo olivo la tomó de la mano y en ese momento emergieron olas gigantescas que inundaron todo a su alrededor. Ambos coincidieron en el mismo pensamiento: crear una enorme burbuja azul para protegerse de las murallas de agua que los amenazaba.

–Haremos un viaje amiga, volaremos a nuevas alturas.

–Erith miró a los ojos del herbo olivo y asintió, en ellos se dibujaba el infinito, repleto de cúmulos de estrellas en torcidas espirales. No lograba entender como sus pupilas, siendo tan pequeñas, eran capaces de reflejar cosas tan grandes e inconmensurables. Zeo apretó con fuerza la mano de la sábila y ambos vibraron con una gran rapidez; jamás en toda su vida Erith había sentido algo similar. En un instante se proyectaron hacia lo más hondo del universo. Miles de constelaciones repletas de soles y mundos quedaron atrás en segundos. La herba tenía la certeza de que nunca había llegado tan lejos, incluso llegó a dudar de que fuera posible el regreso. De pronto arribaron a un espacio vacío y sin estrellas. Sobrevino una gran quietud. Se encontraban en un lugar indescriptible. Descendieron hasta una gigantesca casa de descanso que rebosaba una paz y belleza más allá de toda proporción. A la sala principal llegaban innumerables herbos de todas las naturalezas, aquel amplio sitio irradiaba la calidez y el consuelo que sentían esos seres al encontrarse con sus amigos y familiares; habían atravesado un océano de estrellas para estar ahí y nada los llenaría de más dicha. En el centro del recinto flotaba un ser muy especial, el mismo que había dado la bienvenida a Erith en su anterior viaje onírico. Su apariencia era como la de decenas de estrellas unidas destellando luces de miles de colores, y el centro de su ser vibraba y se transformaba con tal rapidez que no permanecía en ninguna forma.

–¿Quién es? –le preguntó Erith a Zeo.

–Cuando logres vibrar como él conocerás su verdadera forma y lo sabrás. Él está más allá de tus sentidos.

Otro ser luminoso apareció ante ellos y adoptó la presencia de una herba joven de naturaleza de clavel.

–Se que tienes dudas Erith –se dirigió a la sábila

En ese momento Erith cobró conciencia de su mortal padecimiento y se inquietó.

–¿Puedes responderme si volveré a casa? –repuso.

La herba clavel se acercó a Erith y pusó en sus manos una medalla de un metal blanco, muy fino. La sábila notó que tenía grabado un símbolo desconocido; no obstante le pareció muy bello. Con delicadeza le dio la vuelta para conocer su cara posterior y vio la imagen de una calavera. Asustada, Erith sintió la necesidad de preguntar a la chica o Zeo su significado pero estos habían desaparecido. Estaba sola, no había nadie más en el recinto. La sábila no entendía lo que estaba pasando. “¿Por qué se han ido?”, se preguntaba. Miró a su alrededor, le llamó la atención la luz que se colaba por una ventana cercana a una escalera de verdes hojas. Se acercó a ella para apreciarla mejor. Una inquietud nació en su interior y ya no pudo detenerse; salió del edificio a toda prisa para contemplar de cerca aquel destello que le parecía tan agradable. Afuera se encontró con un jardín o un bosque, no alcanzaba a cobrar una forma definida aquel lugar, logró divisar las figuras de algunos árboles semejantes a los pinos a su alrededor. Arriba, una neblina fresca por el rocío lo cubría todo. Erith trató de encontrar aquella hermosa la luz entre esa blancura. Por un momento llegó a pensar que la neblina se convertía en la Luz misma, pero no fue así. Entonces escuchó los gritos de muchos herbos junto a ella: “¡La luz!, ¡La luz!”, exclamaban llenos de euforia y alegría. “¡Vean la luz!”, insistían aquellos seres que no lograba ver entre gritos de éxtasis y admiración. La sorpresa y la dicha se derramaban por doquier. Erith apenas notaba algunos destellos de colores entre la neblina. El entusiasmo y el gozo crecían a su alrededor aun más. La sábila elevó su mirada al cielo y entonces contempló la Luz en todo su esplendor. En este punto las palabras no alcanzan para narrar lo que Erith observó. Aquellos rayos contenían todos los colores posibles, irradiaban una felicidad indescriptible, una dicha que escapaba a toda comprensión hérbica. Erith gritaba y se enmudecía mientras flotaba y experimentaba su poder: “¡Es maravillosa!, Es maravillosa!”. Mientras volaba hacia la Luz, Erith comprendió que en su corazón-semilla yacía un potencial ilimitado para irradiar el mismo amor que estaba recibiendo. Una vez más sintió que jamás volvería a ser la misma.

 

 

La Hechicera y el escarabajo

4. August 2009 Categoría Sin Categoría | 0 Comentarios »

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La Hechicera y el Escarabajo 

Una vez una Hechicera diestra en las artes de las pociones y los conjuros, revisaba sus nidos para saber si tenían huevecillos de escarabajos, pues como era sabido, estos insectos eran capaces de extraer la esencia mística de las plantas y la guardan en sus vientres. Con agrado vio que yacían varios en los nidos y que muy pronto, si todo salía bien, se convertirían en larvas, se complació imaginando la enorme cantidad de escarabajos que tendría cuando terminaran su transformación.Llegó una noche de luna azul intenso y todos los huevos se hicieron larvas, le llamó la atención una que no se movía como las demás, ya que mientras el resto se revolcaba ansiosamente, ésta permanecía quieta y por su aspecto parecía estar moribunda. En otras ocasiones la hubiera desechado sin piedad, pero en este caso sintió una especial compasión por ella y decidió apartarla para darle un cuidado especial.Los años pasaron y la pequeña larva logró sobrevivir. Pero, a pesar de las atenciones de la hechicera, el insecto seguía mostrando algunas limitaciones evidentes en sus primeros rasgos de escarabajo. Sus alas eran muy pequeñas en comparación a las de los demás y sus mandíbulas eran muy débiles. Sin embargo, era sumamente inquieto y solía escapar de la planta en la que habitaba. Pero a pesar de ello hechicera, en vez de enfadarse con él, lo tomaba cuidadosamente con sus manos y lo colocaba en su lugar, hasta le acercaba la comida pues conocía de sobra sus dificultades para masticar. Cuidaba de todos con mucha dedicación, ansiaba verlos convertidos en adultos ya que le serían muy útiles para sus poderosos oficios. Sin embargo, sentía un aprecio especial hacia el pequeño de las alas cortas.  Cuando los escarabajos alcanzaban su madurez los iniciaba en sus misterios con un hechizo que abría sus vientres y los preparaba para su trascendental misión: retener la esencia mística de las plantas que comieran. Después, solía ponerlos cerca de una gran variedad de pétalos de distintas flores, frutas de todas las temporadas y trozos de raíces, tallos y hojas de diversos árboles. De esa manera, elegían de entre estos alimentos aquel que sería su favorito. A partir de ahí, ellos comerían afanosamente y engordarían hasta quedar a punto de reventar. Nada le gustaba más a la Hechicera que desprender sus redondos y brillantes vientres para comerlos y conseguir con ello un profundo trance, o también usarlos en la creación de alguna pócima o ungüento curativo, todo con tal de aprovechar su poderoso contenido. Una vez iniciados, hacía que algunos de ellos acompañaran su alimento preferido con alguna otra hierba, así conseguía combinaciones increíbles de grandes efectos: curaba males de luna, producía encantamientos para el amor, creaba aceites y producía, entre muchas otras cosas, finas fragancias. Ellos siempre mantenían el gusto por la comida que habían elegido y volvían a hinchar un vientre nuevo después del corte. Por eso  acostumbraba guardarlos dentro de un gran helecho de sombra después de utilizarlos pues la mayoría eran capaces de producir cinco vientres en su vida sin morir. Se dedicaba a cuidarlos y engordarlos de nuevo hasta que se volvían viejos o agotaba su capacidad de hinchar su vientre. Llegada la luna nueva, aquel débil insecto que ella apreciaba tanto, maduró junto a los nacidos con él. Esa noche la Hechicera dispuso de una rica variedad de comestibles frescos como de costumbre; era el momento de iniciarlo. Los insectos rápidamente agotaron el banquete sin demora, presas de un hambre voraz.Todos se dieron gusto con alguna hierba o con alguna raíz, menos  su protegido: el escarabajo de las alas cortas. Al principio le pareció normal pues conocía sus limitaciones, y una vez más decidió ayudarlo: le acercó las hojas de un durazno joven y los pétalos del más colorido tulipán que poseía, sin embargo, el pequeño se negó a probar cosa alguna, al parecer no encontraba interés en ningún alimento. Así transcurrieron dos días en los que únicamente bebió agua. Cada vez lucía más débil. Ella, angustiada por la situación, salió a buscar nuevas plantas al bosque. Recolectó tantas como pudo, de todas las formas y colores, de tallos espinosos y hojas suaves, pero a pesar de sus esfuerzos el insecto se negaba a comer. La Hechicera padeció una terrible desesperación, el afecto que sentía por aquel diminuto ser la consumía por completo y la sola idea de su muerte la afligía sin consuelo. Por primera vez en su vida consideró la posibilidad de  internarse en lo más profundo del bosque, allá donde ni siquiera las más osadas se atrevían a entrar. Seguramente ahí encontraría nuevas plantas y aquel pequeño ser por fin elegiría cuál comer. Se decían muchas cosas de aquel lugar, por ejemplo, contaban que habitaba un extraño ser cuyos horribles gritos enloquecían a quienes los escuchaban. Afirmaban que no había rezo ni conjuro alguno para frenar el mal que salía de su garganta. La Hechicera no tenía más remedio, tenía que ir a donde nadie había ido. Su extraño amor por el débil escarabajo era mayor a su miedo, el diminuto insecto ya estaba muy reseco y casi no se movía. No quedaba otra solución, había que internarse en el centro del bosque.Sus primeros pasos fueron muy tímidos, la luz era escasa y había sombras por todas partes, los árboles eran muy altos y la maleza llenaba cada rincón con ramas secas y espinosas que se entretejían en enredadas figuras por todas partes. Los ruidos de las aves y el crujir de la hojarasca salían a su encuentro a medida que avanzaba, aunque lo que de verdad le preocupaba era toparse con aquel horrendo chillido pues no quería perder su lastimado juicio. Caminaba lentamente y miraba hacia todas las direcciones, murmurando conjuros para ahuyentar a ese temido mal. De repente, un sonido agudo salió a su encuentro y ella tropezó del susto. Para su fortuna, tan sólo se trataba de un ave nocturna. Respiró hondo y reanudó sus pasos en dirección a lo más oscuro y profundo del bosque. La oscuridad la iba envolviendo a medida que se internaba. Tras los matorrales detectó un movimiento, y la incertidumbre la mantuvo como estatua un rato, ¿Quién estaba detrás? ¿Sería el horrendo ser del chillido? Siguió esperando hasta que con mucho cuidado sacó de su bolsa uno de los vientres de escarabajo más poderosos; era de un color rojo oscuro, casi púrpura, y albergaba un conjuro contra males desconocidos. En el momento que consideró pertinente lo arrojó hacia la fuente de su miedo. Un polvo luminoso se desprendió al contactar con el suelo. Sólo alcanzó a ver cuatro patas alejarse torpemente de aquellos matorrales. La Sabia no soportó y transformó toda su tensión en una carcajada, cayó en la cuenta de que quizás lo que se decía de ese lugar podría deberse a un simple habitante del bosque muy mal comprendido. A pesar de eso, no se confió y continuó avanzando con cautela. En poco tiempo llegó a un lugar que poseía una escena inusual: en medio de una penumbra creada por las gruesas ramas de un trío de robles, se filtraban unos cuantos rayos de luz que sólo alcanzaban a iluminar a una rara planta. La Hechicera la observó con detenimiento, pero aun con todo su conocimiento no logró identificarla. Sin embargo, tuvo el presentimiento de que se trataba de la única planta que comería su escarabajo predilecto. Sin perder más tiempo, puso sus manos en el tallo y lo jaló con firmeza. En el acto escuchó un aullido vago proveniente de algún lugar difícil de precisar en lo profundo del bosque. No le dio gran importancia pues pensó que con toda seguridad se trataba de aquel animal que había expulsado del oscuro matorral con su vientre de escarabajo. Enseguida miró detenidamente la planta que ahora tenía en sus manos y le sorprendió la forma de sus raíces pues parecían las manos y los pies de un niño recién nacido. Jamás había visto cosa semejante. Procedió a guardarla y se alejó de ahí. Una vez en su choza sacó la planta y la puso frente al débil escarabajo, quien al verla dio un salto y comenzó a comerla desesperado. La hechicera se sintió satisfecha por haber encontrado el alimento de su más preciado insecto. Finalmente, el pequeño se recuperó y luna con luna comenzó a hinchar su vientre como todos los demás, sin embargo, aquella esfera era distinta, se estaba haciendo más redonda de lo común y adquiría un color verde de una pureza y un brillo increíbles. A la Hechicera la embriagaba la curiosidad por conocer los secretos de esa hierba cuya esencia albergaba aquella extraordinaria burbuja. La ansiosa espera llegó a su fin y ese bello vientre al fin obtuvo el tamaño preciso para ser desprendido del insecto, ella no aguardó un instante y lo quitó de su cuerpecito, no sin tener un especial cuidado. ¡Qué textura tan tersa y uniforme! Era como tener en la mano la más apetecible de las uvas. Lo examinó hasta el cansancio y al no encontrar en él ningún tipo de impureza, lo llevó a su boca y permitió que se deshiciera lentamente en su paladar. Una deliciosa y fresca sustancia se repartió en cada recoveco de su boca y ella entró en un profundo trance.Sintió su cuerpo vibrar a gran velocidad y, de pronto, se vio en el centro del bosque donde había estado. Debajo de los tres se encontraba un joven alto y delgado, de facciones finas y ojos tan verdes como la esfera que acababa de ingerir. Sus muñecas estaban rodeadas por delgadas raíces y de su cabeza brotaban pequeños pétalos azules semejantes a los de la de la misteriosa planta que había desenterrado. Un traje de otoñales hojas tostadas lo arropaba desde el cuello hasta un suelo repleto de hierba seca en el que se perdía. 

–Gracias por haber cuidado de mí, sin tu compasión hubiera muerto desde esa luna azul. Ahora he pagado mi deuda contigo –afirmó el muchacho. 

La Hechicera lo comprendió todo: el espíritu de aquel pequeño y débil ser se había fundido con la de la planta al comer de ella. 

–Desde la primera vez que recibí tu afecto me prometí pagarte con un regalo: la planta que extrajiste con tus manos se llama Mandrágora. Con ella abrirás aun más tu ojo interior y serás capaz de ver cualquier espíritu que quieras. Debo advertirte que por su naturaleza, ningún escarabajo podrá ser capaz de engordar un vientre más después de comer de ella.

 –¿Por qué? –preguntó la hechicera.

 –Porque el destino de los insectos que comen de la Mandrágora es morir si les arrancan su vientre.  

El Origen de los sueños Malditos

29. April 2009 Categoría Sin Categoría | 11 Comentarios »

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El Origen de los sueños Malditos   

Vientos de guerra amenazaban con incendiar a toda la tierra. Llegaba el final de una era. La luna de la destrucción se aproximaba y los haraditas debían conseguir el secreto,  fuera cual fuera su costo, si querían sobrevivir a sus rayos. Las últimas negociaciones habían fracasado ya que Onia, el llamado pueblo de la Sabiduría, se negaba a entregar ese conocimiento a quien no tuviese una preparación espiritual previa. El tiempo se agotaba. Después de miles de años desde su última aparición, los signos del temible astro cubrieron nuevamente los cielos. Una de las condiciones que los onios les habían impuesto a los haraditas para revelarles el secreto consistía en que cancelaran para siempre las fiestas del Xinta, por considerarlas un homenaje a la violencia y la degradación. Argumentaban que ningún participante de esas tradiciones llenas de combates y sacrificios sangrientos era digno de recibir el vital conocimiento que permitía sobrevivir a los devastadores efectos de los rayos de la Luna Roja. Hinix, el líder de los haraditas, no estaba dispuesto a sacrificar la costumbre más antigua de su pueblo guerrero. La presión de sus súbditos aumentó. Finalmente, sucumbió ante la desesperación y dio una orden que resultaría fatal para su tierra. Sabía que con ella la antigua alianza quedaría rota para siempre. Durante siglos, los haraditas habían protegido al reino de los Sabios de la invasión de los bárbaros. Los onios, a cambio, les proveyeron del conocimiento y la técnica para cultivar la tierra, construir ciudades y comprender los ciclos de las lunas. - Capturen al soberano de Onia y oblíguenlo a revelarles el secreto. Utilicen todos los medios posibles. Si es peciso, tortúrenlo hasta que muera, pero no vuelvan sin el conjuro o desearán  haber muerto ustedes en su  lugar- sentenció Hinix. La guerra estalló. Las ciencias de los Sabios fueron insuficientes para contener el brutal ataque de ese pueblo que veneraba la guerra. Aldeas y ciudades ardieron en llamas, miles sucumbieron al paso de su ejército. Unita, la capital de los onios, fue tomada y Saigan, su líder, capturado. Sin embargo, sus labios permanecieron  sellados y no lograron arrancarle el secreto.Mataré a cada ciudadano de tu pueblo si no me dices cómo neutralizar la luz de la Luna Roja le advirtió Hinix a Saigan.Nuestra ciencia espiritual es más valiosa que nuestras vidas. Podrás exterminarnos hoy, pero con el devenir de las lunas renaceremos en otro tiempo y ustedes, en cambio, morirán en cuerpo y alma bajo los rayos del astro de las edades contestó Saigan imperturbable a pesar de saber cuál era el precio que debería pagar por sus palabras.El exterminio de los onios comenzó e Hinix sometió a Saigan a torturas inimaginables, las más terribles de las que se tuviesen memoria. El Sabio resistió, pero una traición cambió la historia para siempre:Prívenlo del sueño y les dirá el secreto.Un súbdito de la casa real de Onia, temiendo por su vida, les reveló la única debilidad de su soberano.Saigan no logró resistir y el secreto fue develado. Colérico, el Sabio reunió toda la fuerza espiritual de su pueblo agonizante, y lanzó sobre los haraditas una maldición que los acompañaría para siempre:Al arrebatarnos nuestra más valiosa posesión, han condenado a los suyos a un terrible mal. Sepan bien que la belleza desaparecerá de sus sueños. Para los hijos de los haraditas, esta palabra cambiará su significado y sólo representará horror y desventura, pues haré que durante el día, contemplen estando despiertos sus más grandes temores y pesadillas. Por un periodo completo de luna, cada año padecerán estos suplicios sin descanso. Hinix no creyó en el maleficio y, sin piedad, dio muerte a Saigan y a todo su reino. No comprendió la magnitud de la maldición que caería sobre su pueblo, ni sus temibles consecuencias. La luna de la destrucción se apoderó de los cielos, y las criaturas vivientes empezaron a morir a causa de sus rayos. El pueblo guerrero, ahora conocedor del secreto que anulaba sus efectos, fue el único que  no sucumbió al exponerse a su luz. De igual modo, su ganado, aguas y cultivos fueron protegidos, en tanto que las viejas normas de vida eran exterminadas por aquellos destellos del color de la sangre. El mundo jamás volvió a ser el mismo. Surgió una realidad inhóspita. Con el tiempo, la tierra dejó de ser fértil ya que empezó a escasear el agua y, como consecuencia, también los alimentos. El caos se apoderó de esta civilización. Los guerreros comenzaron a pelear entre ellos, su pueblo padeció hambre y surgieron las divisiones. Fue el inicio de una era tan oscura como la más negra de las noches. En medio del infortunio, nacieron las nuevas generaciones, y con ellas el acecho de los sueños malditos. Inmersos en un horror tan intenso que los mantenía en un estado de delirio constante, los haraditas no se percataron de los cambios que el desolado mundo estaba sufriendo a su alrededor. Pese a todo, nuevas formas de vida aparecieron. La noche de los tiempos se encargó de borrarles la memoria al tiempo que la locura reinaba por doquier. De no ser por Agaya, el sucesor de Hinix y padre del “segundo secreto”, también ellos habrían perecido irremediablemente. En medio de las tinieblas, este guerrero pudo preservar el único conocimiento espiritual que poseía su amedrentado reino, y comprender que en el secreto arrebatado a los onios por sus predecesores se escondía la llave que les permitiría soportar la maldición que los estaba destruyendo. Sabía que jamás la vencería, pero al menos podría ayudar a los suyos a sobrevivir. Agaya guardó celosamente los secretos. Instauró un nuevo orden social, creó leyes y le dio forma a una nueva civilización. Su pueblo anhelaba recuperar la esperanza. El nuevo líder les ocultó el vergonzoso origen de la maldición. El pasado debía quedar atrás. Los haraditas necesitaban una nueva historia y Agaya sería el encargado de comenzarla. Así nació el mundo de los herbos y sus Siete Reinos: Hérbatra.  

¿Ya leíste “La Leyenda de Erith?

En el caso de haberlo hecho ¿Qué te pareció? 

¿Sobre qué parte de la historia te gustaría que escribiéramos? 

Nos interesa expandir nuestra propuesta literaria, contactamos para presentarnos en tu escuela.

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Gracias por tu colaboración.

FRIGA: La cueva del Olvido

10. March 2009 Categoría Sin Categoría | 4 Comentarios »

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¿Qué debo hacer? No la encuentro por ningún lado- dijo el Herbo con voz temblorosa.

Debo consultarlo con las lunas- le respondió la hechicera al de naturaleza nenúfar mientras observaba el cielo. Después de observarlo detenidamente, se digirió al fondo de la habitación donde él se encontraba.

La encontrarás en la cueva del Olvido, pero sucederá algo que no te permitirá permanecer a su lado. No debes ir a buscarla.

Pero yo la amo- Su voz dejaba traslucir un amor puro y sincero.  

La soledad del paisaje se extendía hasta el interior de la blanca y nevada cueva. De sus frías paredes y techo pendían largas estalactitas formadas por el helada agua que caía. Antes de entrar, Ambí contempló el lugar con detenimiento; sintió temor, como si fuera la primera vez que corriera presurosa bajo las puntiagudas formaciones que el viento balanceaba de un lado a otro. Sobreponiéndose al miedo que sentía, atravesó la cueva para llegar al otro extremo, adonde sabía que se encontraba la única salida que la conduciría hasta la hechicera de la región: ella podría darle lucidez a sus recuerdos con sus conjuros. Desde niña, Ambí sufría de una rara enfermedad provocada por una mala exposición de los rayos de la Luna ocre, lo que gradualmente le ocasionó la pérdida de la memoria. Tenía que apresurarse porque solamente podía recordar con mucho esfuerzo un rostro borroso con expresión de dolor.

Debemos encontrarla antes de que cruce la cueva del Olvido.

— Allí sólo vive esa vieja hechicera, Zamanthis.

Debemos ir hacia allá. 

Ambí caminaba con paso lento sobre la nieve, cuando de repente la asaltó de nuevo aquella terrible visión. En ella, el Herbo le resultaba familiar, pero por más que se esforzaba no lograba recordar quién era. Entonces escuchó un espantoso y agudo alarido que la sobresaltó; enseguida vio cómo en la visión una mano hundía una daga-escorpión en el pecho del Herbo para hacerle callar.

Asustada y confundida, apresuró el paso para llegar cuanto antes al sitio donde se encontraba la hechicera. ¿Por qué no podía recordar más detalles de los que hasta ahora aparecían en esa horrenda visión? ¿Por qué su memoria no respondía a sus repetidos esfuerzos por recordar?

Tomó entre sus manos el vientre del escarabajo, se lo llevó a la boca para comerlo y así recuperar la memoria cuando, en ese preciso momento, la hechicera Zamanthis le predijo:

— Tu visión es el preludio de algo terrible.

Ambí comió el vientre de escarabajo que, poco a poco, le fue aclarando los recuerdos. Tras darse cuenta de que el Herbo de su visión era Nibo, un rictus de preocupación se dibujó en su rostro.

— ¡Pero es que no puede ser!- exclamó llorando de angustia mientras sentía que el nudo de su garganta la ahogaba con más fuerza.

— Hace unas horas Nibo vino a consultarme. Él ya sabe lo que pasará si ustedes dos se vuelven a ver. Las Lunas me han revelado su destino: no pueden continuar juntos.

Tras escucharla, del rostro de Ambí rodaron amargas lágrimas.

— Allí esta Ambí.

—¡Detente!- gritó el viejo Herbo de naturaleza pino.

 Al percatarse de la presencia de su padre y de su prometido, Ambí salió corriendo a toda prisa de la casa de la hechicera. A lo lejos, Nibo observaba lo ocurrido oculto entre  los matorrales. Sabía que ella iría al lugar de sus largos encuentros, aquel donde por primera vez conocieron mutuamente sus cuerpos, así que aguardó el momento propicio para no ser descubierto y después tomó un atajo hacia  la cueva del Olvido. 

—Sabía que estarías aquí.

Nibo la tomó entre sus brazos  y ambos unieron sus labios en un prolongado silencio. Abruptamente, lanzaron un lastimero aullido, como si supieran que nunca más volverían a ver la luz del sol.

Sus cuerpos, inertes, yacían sobre la nieve.

Tierras de Hérbatra: ZERTHA

16. January 2009 Categoría Sin Categoría | 6 Comentarios »

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Zertha 

Hoy te hablaré del guardián de la tierra de Zertha, hacia el Este del árbol del Gran Sabio, Viviremos en Él. En ese lugar, el Mar Dorado agita furioso sus olas para contener a los herbos dentro de lo confines de Hérbatra. La historia inicia en las áridas dunas de Tres Arenas, pueblo natal de Erith, de quien todavía no es pertinente hablar.

Zertha es una zona desértica de escasa fauna donde rara vez cae la lluvia; en su lugar, el inconmovible y quemante sol se impone en lo alto, fundiendo la arena de las interminables dunas. Aquí es donde hace mucho, mucho tiempo, antes del noveno destello, habitó un herbo de carácter huraño, rasgo muy común entre los habitantes de Zertha, que se distinguía por su gran valor y vida solitaria. Su nombre era Urloc, el espino.

Vagabundo nocturno, era el encargado de patrullar las dunas de Tres Arenas, un trabajo bastante sencillo. Su jornada comenzaba al ocultarse el sol y concluía al alba. Él pensaba que este trabajo tenía ciertas ventajas pues no le pagaban mal y, después de todo, era mejor dormir de día.

Urloc disfrutaba de la noche y sus placeres: no sufría del intenso calor del día y, sobre todo, gozaba de su aislamiento en relación con los demás habitantes de Tres Arenas. Cierta noche, cuando la luna gris surcaba los cielos, la misma luna que lo vio nacer, observó que ésta lanzaba un destello a un lugar muy cercano. La curiosidad lo dominó y decidió ir a investigar.

El viejo entorno, tan conocido por él, parecía emanar una esencia distinta. Respiró un aire gélido y misterioso mientras avanzaba con pasos cortos, los cuales demostraban el temor que sentía y que hacía mucho tiempo no experimentaba. Hacia lo lejos, divisó una pequeña luz de tonalidades azul grisáceas emerger de la arena. Después de aproximarse vio, dentro de un pequeño cráter humeante, una roca metálica hexagonal aún caliente por el trayecto recorrido. Cuando el calor por fin le permitió tomarla entre sus manos, tuvo una visión.

—¡Pero si eres mi Ahíla! No puede ser real- exclamó lleno de espanto e incredulidad.

—Urloc, estoy aquí de nuevo pero no por mucho tiempo- . Los hermosos ojos de Ahíla mostraban una paz infinita.

—Perdóname, no debí dejarte salir tan entrada la noche.

    No fue culpa tuya, era el designio del Gran Sabio.

    Viviremos en Él. No sabes lo mucho que me haces falta.

    Claro que lo sé, por eso estoy aquí. Siempre te he amado.  

 

 

Tras el extraño acontecimiento, los días transcurrieron sin que nadie supiera nada de Urloc; de hecho, la última vez que lo vieron se preparaba para hacer su rondín. Fue entonces cuando le preguntaron a su relevo: “¿Quién fue el último que lo vio?” En respuesta, éste dijo que nada extraño notó en él esa noche. El tiempo pasó y nunca hallaron su cuerpo.

Desde entonces, los herbos de la tierra de Zertha narran historias que intentan explicar su desaparición. Algunos sostienen que su muerte fue consecuencia natural del impacto de la roca metálica que consumió su cuerpo, mientras que otros creen firmemente en el mágico mito del guardián de Zertha. No obstante, es bien sabido que antes de su desaparición, Urloc había perdido a su esposa de una manera trágica, llevándolo a la desolación, al aislamiento y a obsesionarse con encontrar a los asesinos. Incluso cambió su turno de guardia por el nocturno, siendo ya muy raro verlo de día. Hasta que la roca hexagonal cayó se supo algo de él pues se encontró su vestimenta muy cerca. Por eso, cada vez que veo salir la Luna Gris, sé que el mito es cierto. Desde la primera vez que lo escuché, sentí como si un profundo misterio me fuese revelado. El relator  dijo en aquella ocasión: “Mirad la luna gris, observad bien cómo se posa su majestuosa fase sobre ella”. Atónita, la gente miraba aquello a lo que tampoco yo podía dar crédito: sobre la luna se podía distinguir la silueta de un espino abrazándose al corazón del astro. “Mirad, daros cuenta que os observa”, escuchamos que nos decía. En ese momento, el destello lunar se posó apaciblemente sobre mi pecho y finalmente comprendí lo que mi abuela solía decirme: “Cuando seas adulta conocerás tu verdadero nombre, el de la primera semilla de la cual tomaste tu naturaleza de zephyra, y nunca más tendrás que temerle a la noche”. Consternada, salí corriendo en dirección a casa.

    No temas, Ahíla,  zephyra mía.

    ¿Urloc?   

    Sí, soy yo, ahora comprendo el designio del Gran Sabio, Viviremos en Él.

Inexplicablemente, ella podía comprender todo lo que sucedía; existen memorias que guardamos y que, muchas veces, no podemos recordar.

   

La red Quidea

9. May 2008 Categoría Sin Categoría | 9 Comentarios »

Saludos a todos. De verdad agradezco profundamente su intención de ser parte de este esfuerzo. Alguna vez todos hemos escuchado que “el fin esta cerca”. Esta frase mas allá de una afirmación apocalíptica yo la percibo como una una advertencia: si no cambiamos nuestros hábitos de consumo llegará el día en que nuestro planeta no tendrá recursos naturales que darnos. ¿Sabían que el aumento de la riqueza de China e India esta influyendo para que los precios de los alimentos aumenten a nivel global? No sólo se trata de contaminación, la ecología también es un problema de concepción económica, si las grandes multinacionales que proveen al mundo no cambian su enfoque y ofrecen productos que no dañen y devasten la tierra entonces la riqueza de las naciones constituirá la principal amenaza para nuestra sobrevivencia, y entonces el día que al fin dejemos el subdesarrollo será el verdadero fin del mundo. 

En esta intervención quiero solicitarles comentarios y sugerencias, la pregunta sería ¿Qué puedo hacer desde mi casa, desde mi escuela, desde mi trabajo para evitar la devastación del medio ambiente? Me refiero a cosas sencillas que todos podamos realizar. La intención de la red es que las ideas que cada uno demos sean ejecutadas masivamente teniendo este medio como interlocutor. En la tierra de Hérbatra Quidea es una guerrera orquídea que lucha por la libertad de su alma atrapada en un extraño metal, en nuestro mundo Quidea es una red que lucha por la tierra intentando cambiar hábitos dañinos a nuestro medio pues sólo viviendo en paz con la naturaleza seremos verdaderamente libres.

Bienvenida

21. September 2007 Categoría Sin Categoría | 17 Comentarios »

Doce lunas dominan el cielo. Siete tierras emergen bajo el árbol gigante. Los temibles sueños asechan. He aquí Hérbatra, la tierra de Quidea, la guerrera del alma prisionera.