La Luz y La Sombra
Uno de los escorpiones-estaca de los centinelas había picado a Erith, dejándola inconsciente. Saha la hechicera había puesto en su boca un vientre de escarabajo muy poderoso para intentar curarla del veneno, pero aun así no estaba segura de que lograría sobrevivir. La herba de naturaleza sábila, al entrar en contacto con la sustancia que contenía el insecto, comenzó a vibrar y cobró conciencia de sí misma sin despertar de su trance, parecía estar en medio de un sueño. “¿Qué sucede?”, se preguntó desconcertada. De pronto sintió que abandonaba su cuerpo y se iba alejando de él como si no tuviera peso y fuera ligera como una hoja que se la lleva el viento. Se detuvo en una esquina superior del cuarto y desde ahí vio a la hechicera y al rebelde al lado de la cama donde yacía su cuerpo moribundo. Erith se llenó de temor y realizó un esfuerzo por regresar, pero una sombra sin forma definida se lo impidió. Aquella presencia no era grata, una y otra vez se interpuso entre ella y su cuerpo físico. La asustada sábila se llenó de rabia. “Por impronunciable nombre del Gran Sabio, Viviremos en él”, exclamó molesta. Sabía que no era correcto invocarlo con enojo pero se justificó a sí misma pensando que aquella vaga mancha tampoco tenía el derecho perturbarla de ese modo. Después de varios intentos fallidos por regresar a su cuerpo, voló furiosa en pos de la entidad para encararla, persiguiéndola por toda la habitación a gran velocidad. A la sábila le era familiar aquel estado etéreo pues ya antes había accedido a él gracias al vientre de escarabajo que le había obsequiado Zeo y con el cual había logrado escapar de las cuevas. Erith y la sombra iban y venían de una esquina a otra sin parar, desde luego los rebeldes no se percataron de la persecución pues solo veían el cuerpo de la herba convaleciente. La mancha voló hacia el suelo y cobró la forma de un ratón-tuna blanco. A la sábila le sorprendió la extraña transformación pero no desistió de su empeño. La sombra, ahora transformada en roedor, corrió a esconderse debajo de un viejo mueble al lado de la cama y Erith se fue tras ella, pero la criatura cambió su tamaño, se hizo diminuta como un grillo de hoja de limón. A medida que la persecución proseguía, se hacía más y más pequeña. De repente un ruido estremecedor irrumpió en el lugar y ambos, Erith y la sobra, fueron sacados de la habitación; ahora se encontraban en un lugar difícil de definir en el mundo tangible: volaban a través de una red de tejidos rojos y orgánicos entrelazados, en medio de una atmósfera asfixiante y fétida. Erith tuvo la sensación de que se quedaría atrapada ahí y un profundo temor la invadió. Aquel sonido apareció de nuevo y, al instante regresó a su cuerpo. Al parecer la sombra se había ido y sólo la hechicera y el líder rebeldes estaban cerca de ella. Un atisbo de alivio reconfortó su corazón y se relajó. Intentó despertar de su trance pero no lo logró: aun estaba bajo el mortífero efecto del veneno del escorpión-estaca. La entidad apareció de nuevo como una sombra del lado izquierdo de su cama. “Otra vez no”, pensó Erith molesta. Esta vez la difusa mancha tiraba de su parte intangible tratando de desprenderla de su cuerpo pero ella se resistía, deseaba permanecer en dentro de sí misma para descansar. Después de tanto jaloneo Erith decidió no poner más resistencia y salir de su cuerpo, aunque en esta ocasión no se fue a perseguir a la sombra sino que se alejó rápidamente hacia afuera de la habitación. Voló a tal velocidad que en un instante se encontró en medio de la calle principal de su pueblo natal, aquella entidad había quedado atrás. Tres Arenas lucía desierta, ni siquiera el viento soplaba, era medio día. Una voz sonó en su mente y le susurró: “Da el siguiente paso”. Erith no supo con exactitud a que se refería el mensaje, pero el timbre de quien lo había pronunciado le pareció conocido: hizo el intento de avanzar y, justo en ese momento, le sucedió algo aun más increíble.
Tenía la sensación de que sus pensamientos por si solos podían cambiar la forma de las cosas que la rodeaban. Con sólo desearlo el paisaje se alteraba, las casas y los montes se fundían con el cielo, podía elegir el color de las plantas y la textura del mismo viento: tamaños, volúmenes y sonidos cedían ante su voluntad. En su interior nacía una emoción de gran poder y realización.
Un visitante inesperado irrumpió en su ensoñación; lo vio venir entre las nubes como un haz de luz que se coló entre la sublime de danza de figuras a su alrededor.
–¡No puedo creerlo! ¡¿Eres tú?! –le dio la bienvenida con un lenguaje sin palabras que emergía de su pensamiento.
–¡Dale forma a tus sueños! –le contestó su amigo en el mismo idioma mental mientras dejaba su forma luminosa y se convertía en un radiante herbo de hojas tostadas de olivo. Erith emocionada transformó las nubes en una hermosa melodía: había descubierto que también era capaz de intercambiar los sentidos con los que percibía las cosas. Aquello le parecía fascinante.
–Ven conmigo –dijo él.
Caminaron juntos, jugando con todo lo que les rodeaba: transformaron el cielo soleado en un magnifico firmamento repleto de enormes galaxias de un colorido fantástico. El desierto de Tres Arenas vibró con cada uno de sus pasos y se volvió una hermosa playa reluciente, un mar de aguas luminosas nació a sus pies y se alzó en diagonal hasta fundirse con las estrellas. Erith se inclinó y tomó un poco de arena en su mano, sopló con delicadeza y los granos volaron hacia el firmamento tomando la forma de peces mezclados con soles. Zeo los tiñó de violeta mientras la sábila le ponía música a sus destellos. La sensación de poder y fascinación se acrecentaba en el interior de la sábila. El herbo olivo la tomó de la mano y en ese momento emergieron olas gigantescas que inundaron todo a su alrededor. Ambos coincidieron en el mismo pensamiento: crear una enorme burbuja azul para protegerse de las murallas de agua que los amenazaba.
–Haremos un viaje amiga, volaremos a nuevas alturas.
–Erith miró a los ojos del herbo olivo y asintió, en ellos se dibujaba el infinito, repleto de cúmulos de estrellas en torcidas espirales. No lograba entender como sus pupilas, siendo tan pequeñas, eran capaces de reflejar cosas tan grandes e inconmensurables. Zeo apretó con fuerza la mano de la sábila y ambos vibraron con una gran rapidez; jamás en toda su vida Erith había sentido algo similar. En un instante se proyectaron hacia lo más hondo del universo. Miles de constelaciones repletas de soles y mundos quedaron atrás en segundos. La herba tenía la certeza de que nunca había llegado tan lejos, incluso llegó a dudar de que fuera posible el regreso. De pronto arribaron a un espacio vacío y sin estrellas. Sobrevino una gran quietud. Se encontraban en un lugar indescriptible. Descendieron hasta una gigantesca casa de descanso que rebosaba una paz y belleza más allá de toda proporción. A la sala principal llegaban innumerables herbos de todas las naturalezas, aquel amplio sitio irradiaba la calidez y el consuelo que sentían esos seres al encontrarse con sus amigos y familiares; habían atravesado un océano de estrellas para estar ahí y nada los llenaría de más dicha. En el centro del recinto flotaba un ser muy especial, el mismo que había dado la bienvenida a Erith en su anterior viaje onírico. Su apariencia era como la de decenas de estrellas unidas destellando luces de miles de colores, y el centro de su ser vibraba y se transformaba con tal rapidez que no permanecía en ninguna forma.
–¿Quién es? –le preguntó Erith a Zeo.
–Cuando logres vibrar como él conocerás su verdadera forma y lo sabrás. Él está más allá de tus sentidos.
Otro ser luminoso apareció ante ellos y adoptó la presencia de una herba joven de naturaleza de clavel.
–Se que tienes dudas Erith –se dirigió a la sábila
En ese momento Erith cobró conciencia de su mortal padecimiento y se inquietó.
–¿Puedes responderme si volveré a casa? –repuso.
La herba clavel se acercó a Erith y pusó en sus manos una medalla de un metal blanco, muy fino. La sábila notó que tenía grabado un símbolo desconocido; no obstante le pareció muy bello. Con delicadeza le dio la vuelta para conocer su cara posterior y vio la imagen de una calavera. Asustada, Erith sintió la necesidad de preguntar a la chica o Zeo su significado pero estos habían desaparecido. Estaba sola, no había nadie más en el recinto. La sábila no entendía lo que estaba pasando. “¿Por qué se han ido?”, se preguntaba. Miró a su alrededor, le llamó la atención la luz que se colaba por una ventana cercana a una escalera de verdes hojas. Se acercó a ella para apreciarla mejor. Una inquietud nació en su interior y ya no pudo detenerse; salió del edificio a toda prisa para contemplar de cerca aquel destello que le parecía tan agradable. Afuera se encontró con un jardín o un bosque, no alcanzaba a cobrar una forma definida aquel lugar, logró divisar las figuras de algunos árboles semejantes a los pinos a su alrededor. Arriba, una neblina fresca por el rocío lo cubría todo. Erith trató de encontrar aquella hermosa la luz entre esa blancura. Por un momento llegó a pensar que la neblina se convertía en la Luz misma, pero no fue así. Entonces escuchó los gritos de muchos herbos junto a ella: “¡La luz!, ¡La luz!”, exclamaban llenos de euforia y alegría. “¡Vean la luz!”, insistían aquellos seres que no lograba ver entre gritos de éxtasis y admiración. La sorpresa y la dicha se derramaban por doquier. Erith apenas notaba algunos destellos de colores entre la neblina. El entusiasmo y el gozo crecían a su alrededor aun más. La sábila elevó su mirada al cielo y entonces contempló la Luz en todo su esplendor. En este punto las palabras no alcanzan para narrar lo que Erith observó. Aquellos rayos contenían todos los colores posibles, irradiaban una felicidad indescriptible, una dicha que escapaba a toda comprensión hérbica. Erith gritaba y se enmudecía mientras flotaba y experimentaba su poder: “¡Es maravillosa!, Es maravillosa!”. Mientras volaba hacia la Luz, Erith comprendió que en su corazón-semilla yacía un potencial ilimitado para irradiar el mismo amor que estaba recibiendo. Una vez más sintió que jamás volvería a ser la misma.




